Lo que sobraba en mi colegio era gente común. Supuestamente era el mejor colegio de Bogota, pero en verdad era un hervidero tremendamente burgués y arribista donde los profesores eran gringos jóvenes que querían aventurarse a enseñar en Colombia, y supuestamente los pupilos eran creme de la creme, aunque muchos no supieran comer bien en la mesa y sus casas olieran a tibio, a perro mojado y a trapito sucio. Que horror, yo adore mi colegio! Me fascino mi colegio por las oportunidades que le saque. Pero había que sacarle oportunidades, no fue necesariamente un criadero de estrellas. El colegio era suficientemente bueno pero desafortunadamente, no creo que los niños aprendieran mucho en sus casas. Es que niños comunes salen de padres comunes, y a lo sumo mediocres.
El colegio era un sitio cruel para cualquier persona diferente, y por lo general los niños pueden llegar a ser muy crueles. Era cruel por muchas rezones y había que tener papás muy fuertes para no criar hijos con la autoestima por el piso. En mi colegio había chicos “play” y “rechazados”. Que tristeza, había “rechazados”! Todo el mundo sufrió por su época de rechazo; por vomitarse en las manos de alguna profesora, porque se le podría el banano en un hueco del escritorio o porque el lunes le tocaba ajiaco del fin de semana en el termo. De pequena me rechazaban por muchas razones.
En kinder me molestaban porque siempre perdía los marcadores de colores, porque se me salían los pelos pequeños de la cola de caballo y parecía un puercoespín, (de esas colas de caballo que me hacían tan fuerte que me daba dolor de cabeza todo el día), porque era inquieta y hacia todo demasiado rápido, y porque me montaba en el bus con yema de huevo reseca en el saco del uniforme, o un pegote de pasta de dientes. Me hacían la vida imposible porque tenia los pantalones salta charcos, porque tenia que ir a hablar con la sicóloga del colegio todos los días porque, “Su hija no escucha, no hablar no se concentra”. Porque no entregaba las tareas y tenia caritas tristes en vez de caras felices todos los días de la semana. Porque era mala para los deportes, porque era demasiado blanca y me parecía a Wednesday Adams y porque se me regaba el yogurt en los libros alquilados.
Vivía en un conjunto de edificios que le llamaban Mount Sinai, porque todos los que vivían ahí era judíos y yo la única católica. Los niños judíos tiraban bombas de agua a mi terraza, y venían en grupo a molestarme en el parque. Si alguna amiga judía me invitaba al Carmel Club los niños mas grandes mandaban a los mas pequeños a pincharme las nalgas. No me gustaban los niños judíos porque eran los mas crueles, y por el día en que uno de ellos me contara que no existía el Niño Dios. Cómico saber que muchos de mis mejores amigos hoy son judíos.
A los doce anos era todavía menos popular porque no tenia ni siquiera “tetitas de perra” como diría García Márquez, mis piernas eran demasiado largas y mi tronco aun demasiado corto. Porque mi mama era una mamacita divina y cuando iba al colegio los otros niños me preguntaban si era adoptada. Porque no tenia reloj Tag Heuer y no usaba Levis y mucho menos camisetas Guess porque a mi me compraban pantalones de pana con chaqueta forrada de ovejo en Paris y no en Miami y los franceses eran unos locos rayados, especialmente en los anos ochenta. Era poco popular porque no iba a los Bar Mitzvas de falda escocesa y camisa blanca sino con hot pants de terciopelo negros. Tenia doce y no me habían dado mi primer beso pero Michelle ya se había dado tres. Yo le había terminado a un novio porque en la parte oscura de la miniteca me había dado un beso mojado en el cuello. Poco a poco empezaron a subir las calificaciones y me di cuenta que podía escribir, no muy bien pero si mejor que muchos. Hice que la frivolidad fuera mi máxima expresión de rebeldía, porque la frivolidad extrema es lo único que logra darle rabia a todo el mundo a la vez y siempre hay polemica. No hacia sino leer; no me parecía interesante hablar de noviecitos, porque noviecitos no había, y prefería fantasear con Mr. Escobar, mi profesor de historia americana, quien me enseñó todo sobre la guerra civil de 1861 y vivía en La Candelaria sobre un bar de mala muerte en un apartaestudio alineado con libros. Mi profesora de Español estaba teniendo un affaire con el. Yo me dedicaba a hablar con ella después de clase para sacarle detalles de Mr. Escobar; como es, como besa como ama?
Mas tarde me volví subversiva . Fumaba marihuana en la terraza de mi cuarto y me robaba los libros prohibidos del closet de mi mama para ir a comentarlos a la hora del almuerzo con mis otros amigos, comunes, pero ligeramente subversivos. Aun no había novios, pero me gustaba un hombre mucho mayor que yo y había decidido que uno tenia que perder la virginidad con alguien que si supiera lo que estaba haciendo. La verdad, nunca me había enamorado y es por eso que no sentía ninguna prisa de nada. Mas tarde me di cuenta que muchas de las niñas que tenían novio en el colegio lo hacían por miedo a la soledad, porque aunque no se enamoraban profundamente, solo necesitaban sentirse acompañadas. Yo prefería meterme en lo mas profundo del Gospel, Blues, Rythm and Blues, Jazz, y entre Gershwin y Nina Simone iba completando poco a poco mi colección de film noir. No sufrí por los hombres como lo hicieron tantas niñas, pero me sentía increíblemente sola.
Hoy me puedo inventar veinte mil excusas de porque fui asi en el colegio; de por que quise ser tan rebelde, por que traté tan duro de No encajar. Quizás lo que mas me ha dado miedo en la vida es ser simple, sencilla, ordinaria, normal. Me fui a vivir a otro lugar porque me sentía completamente sola, y cuando estaba del otro lado estaba aun mas sola pero me sentía menos abandonada. Quizás encontré algo. Ser algo diferente de ser común; no mas, ni menos que ser común, simplemente no ser común. A veces cuando pienso lo que fue crecer en mi colegio solo tengo buenas memorias porque la memoria es así; va filtrando las cosas malas y lo cubre todo con un velo romántico. Y entonces digo que mi niñez fue increíblemente bella, porque lo que mas hacia era fantasear en el bus del colegio, y querer perderme en el Sahara, y suicidarme saltando en frente del Orient Express o amar a un hombre alto y oscuro. El temor a ser ordinario me acuerda mucho a la película American Beauty. Quiero ser todo menos normal, y a veces te das cuenta que esta bien ser normal, que no importa ser normal, que es bueno ser normal, mas nunca ordinario.